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Las tensiones del continuo progreso.

ene 6

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persona sosteniendo bola de cristal

Hace unos días leí Meditación de la técnica de José Ortega y Gasset. Me resultó especialmente sugerente el análisis que propone entre lo que denomina la técnica del artesano y la técnica del técnico, esta última característica de nuestra época.


Para Ortega y Gasset, la técnica del artesano se concibe como una capacidad particular de quien la ejecuta: es específica, personal y, en cierto sentido, limitada. No existe en ella una conciencia explícita del invento. El aprendiz no innova, sino que aprende del maestro técnicas ya existentes, transmitidas por una tradición. De ahí que Ortega y Gasset afirme que el artesano está “vuelto al pasado y no abierto a posibles novedades”.


Esto no significa que no haya mejoras, pero estas se entienden más bien como variaciones en la destreza, no como innovaciones propiamente tales.


La técnica propia de nuestra época, en cambio, “se dedica, como a la actividad más normal y preestablecida, a la faena de inventar” (Ortega y Gasset, p. 368). No se trata de una inspiración mágica ni del puro azar, sino de un método consciente, fundamentado y sistemático. Gracias a esta técnica, todo parece volverse posible para el ser humano.


El técnico, en cuanto innovador, busca dejar atrás lo existente. Todo artefacto, práctica o tradición es visto como algo provisional, destinado a ser reemplazado por un nuevo invento. Su trabajo se comprende como progreso, y la vida correcta como aquella en la que dicho progreso se realiza. En este marco, el pasado es algo que debe superarse; el presente, el tiempo del esfuerzo creador; y el futuro, un camino incesante de desarrollo.


Así, mientras el artesano está orientado hacia el pasado, el técnico está esencialmente orientado hacia el futuro.


Desde aquí podemos extraer al menos tres consecuencias relevantes:


  1. Estamos arrojados en un mundo que nos exige ser superado. Cuando preguntamos “¿para qué haces esto?”, la respuesta esperada suele ser “para que sea mejor”, aun cuando no siempre tengamos claro qué significa ese “mejor”. No se trata de conservar una tradición, sino de crear algo nuevo.

  2. Aceptamos que la vida debe orientarse al progreso y la superación. Esto implica esfuerzo, sacrificio y una constante exigencia de mejora. El ocio, bajo esta lógica, tiende a ser visto como algo cuestionable.

  3. Nos comprendemos a nosotros mismos como algo que debe ser superado. El ser humano se define desde el progreso, lo que lo empuja a superarse continuamente. Sin embargo, esta comprensión también genera temor: sabemos que podemos ser superados. Hoy, además, esa amenaza no proviene solo de otras personas, sino también de tecnologías como la inteligencia artificial.


¿Está la gestión del talento inserta en esta lógica? Claramente sí. Basta observar los procesos de gestión del desempeño, talento y sucesión para advertir una orientación permanente a ser mejores, a optimizar y a superarnos de manera constante.


La pregunta clave, entonces, no es si debemos mejorar, sino cómo gestionamos los riesgos y la tensión que este imperativo de progreso genera en las personas.


Estamos conversando!!!

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